Entonces, tras una profunda reflexión, todo aquello que me había preguntado, cobró sentido:
Me enseñaron a ser fuerte. A no temer a nada ni a nadie. A que cuando todo oscuro te parezca yo sea quien te pueda iluminar.
Me enseñaron a que siempre debía mostrar buena cara, y que únicamente cuando esté sola ya podría derrumbarme.
Me enseñaron a sonreír, a ser alegre, divertida, a pensar en hacer feliz a los demás a pesar de ser yo la que necesita ayuda.
Me dijeron que con el llanto afeaba la cara. Me dijeron que las lágrimas, solo servían para limpiar el alma. Que eran totalmente necesarias, pero solo debían acudir cuando la situación era muy extrema.
Me contaron que no me lamentara hasta que el cielo y la tierra se juntasen. Que todo tiene solución, y que siempre debía seguir adelante.
Me mostraron que el futuro, tenía que labrarse día a día. Que no se podía vivir de los sueños.
Me abrieron los ojos, para que no fuera inocente, y no me fiara de nada ni de nadie. Que el tiempo cambia a la gente, y que los caminos acaban separándose.
Me advirtieron que no debía echarme mierda al cuerpo, ya que el solo se acaba destruyendo.
Me enseñaron como era la vida, y a que debía interpretarla. Que de las partes malas siempre había algo bueno que te haga feliz. Y que si no lo había pues...bueno, pues te lo inventas.
Y a partir de todo ello, se formó la persona que soy hoy. Esa persona que siempre dice que está bien, para no preocupar. Una persona que destaca, y a la que insultan, pero que a pesar de ello sonríe. Aunque luego sufra en silencio, en cualquier rincón alejado. Una persona que prefiere escuchar los problemas, que relatar los suyos.
Así pues; quiéreme, ódiame, es tu elección.
Mírame, esta que ves; soy yo.

